1.04.2007

MIENTRAS MAS LE DEJAMOS AL NUEVO AÑO, MENOS NOS DEJAMOS A NOSOTROS MISMOS.

He querido escribir acerca de las fiestas de fin de año luego de que estas hubieren pasado por respeto a aquellos para quienes las mismas están repletas de significados. Me resulta increíble, sin embargo, que como cultura nos mantengamos, al igual que hace miles de años, petrificados por nuestro temor a asumir la historia y convertirnos en protagonistas de la misma. En estas fechas lo que más escuchamos es: “lo único que quiero es que termine este año que ha sido horrible”; o “seguro que el próximo será mejor”; “Ojalá que se acabe la mala racha”, “ahora si que si, este año se me cumplirán todos mis deseos”, “ojalá que se te cumplan todos los tuyos”, “este año cerraré los círculos que he dejado abiertos y terminaré todas mis cosas pendientes”.

Efectivamente, todos o una mayoría aplastante de la humanidad actual, siguen atrapados en la dualidad, aun no superada, entre el historicismo moderno con su tiempo lineal y el mito del eterno retorno perteneciente a las culturas y sociedades arcaicas y teológicas con su tiempo cíclico y repetitivo. La primera concepción nos invita a sumir la historia como un tiempo concreto y construirla. La segunda nos invita a rebelarnos contra el tiempo concreto, abolir la historia y el tiempo pasado y a desarrollar un retorno periódico al origen, practicando la repetición del acto creador como una forma de volver a nacer. Como una forma de que todo vuelva a nacer. Como una forma de partir de cero, de cumplir esta vez con nuestras propias metas y poder zafarnos de nuestros propios designios y de nuestras profecías auto cumplidas.

El tiempo, los objetos y los actos mismos de la humanidad aparecen entonces como un receptáculo de una fuerza extraña que lo diferencia de su medio y le confiere sentido y valor independiente del espacio geográfico y del mismo tiempo.

En todas partes existe la concepción del fin y del comienzo de un periodo temporal, fundada en la observación de los ritmos biocósmicos, que se encuadran en un sistema más vasto de purificaciones periódicas o de expulsión anual de los demonios y de regeneración de la vida. Es, para algunos, como si la vida misma se renovara; es como si se buscara la regeneración después del caos y del sufrimiento que lo caracteriza, es un anhelo que nos permite, de una u otra manera, soportar ese mismo sufrimiento, esas angustias y privaciones; todos los años en cada nuevo año: “Este año será distinto. Todo será mejor”

Ello, dicen, mantiene la esperanza de los creyentes y de algunos que no lo son tanto, en que alguna deidad o fuerza sobrenatural vendrá en su auxilio y podrán superar su miseria y sus propias limitaciones. La gran noche de Año Nuevo, por último, nos iguala a todos, como en las fiestas orgiásticas de los pueblos primitivos y desaparecen, por un breve periodo de caos que, como siempre, antecede al acto creador, todas las diferencias sociales, reconstruyéndose la unidad primordial en donde todos los límites, los perfiles y las distancias sociales resultan imperceptibles.

Así, le dejamos a nuestros dioses o a nuestros muertos; al nuevo acto creador o a la suerte, nuestros destinos y los de nuestras familias. Es como abolir el tiempo y por supuesto abolir el periodo precedente, con todos sus males y su sufrimiento. Es como revelarse contra la historia y no permitirle ejercer sobre la conciencia humana, su corrosiva acción consistente en la revelación de la irreversibilidad de los acontecimientos.

Al negarnos a aceptar la historia y valorarla como tal, nada podemos hacer, o al menos de eso nos convencemos, contra las catástrofes cósmicas, contra los desastres naturales, contra las invasiones militares y las injusticias sociales, vinculadas a la estructura misma de la sociedad. Mucho menos contra las desgracias personales. Ello conlleva una concepción macabra que asume de una u otra manera la normalidad del sufrimiento, porque es parte de esa repetición del caos que precede al acto creador con el que todo vuelve a partir... desde cero. Es parte de esa esperanza de que todo, esta vez, será mejor que el año que se va. Con esta concepción otorgamos, muchas veces, sentido a nuestro padecimiento por su carácter sobrenatural, cósmico o divino. Así llegamos también a pensar para qué sirve soñar un mundo mejor si lo que vivimos es lo que hay y nada de lo que nosotros hagamos lo podrá cambiar a no ser que las fuerzas sobrenaturales así lo determinen.

Los más audaces se atreven incluso a ensalzar el sufrimiento y repetir frases llenas de ideologías perversas como aquellas que plantean que “bienaventurados son los que sufren”, que “bienaventurados son los que tienen hambre y sed de justicia”, para añadir después, que ellos, luego de su propia muerte, serán saciados o recompensados. Otros nos invitan a abrazar la guerra santa para liberarnos del mal y combatir a los pueblos elegidos que ostentan el derecho de asesinar. Nos olvidamos que estos y otros discursos que pretenden consolidar la situación actual han sido inventados por elites religiosas indisolublemente ligadas al poder y a la dominación de clase, para validar e incluso terminar legitimando la pobreza y el sufrimiento de las mayorías que permiten y sustentan las riquezas y privilegios de las mismas elites.

Ante esta inevitabilidad del sufrimiento solo queda resignarse e intentar comunicarse con aquellos de los que depende el mismo, rezando y suplicando que nuestra desdicha desaparezca... el año que se inicia; como si nada más pudiéramos hacer para resolver nuestros problemas.

Lo peor incluso es que algunos llegan a convencerse de que sufrimiento es culpa de sus propios comportamientos y de su forma de vida, sin siquiera reconocer aquellos dramas que son producto del sistema social imperante y de las decisiones y actos premeditados de sus castas dominantes que se empeñan en mantener estas creencias para deslindar responsabilidades sobre la paupérrima situación de las mayorías. Ellas por su parte, practican el arrepentimiento, la resignación y la reflexión superflua, llena de lugares comunes como aquellos que plantean que si las cosas pasan por algo será, o el agradecimiento a dios por cualquier cosa positiva que les pueda suceder, sin importar los sacrificios e inversiones que estas mismas cosas hayan significado. Pareciera ser que este arrepentimiento opera como la única herramienta para espantar los malos designios, como si el pecado fuera la causa última de los propios padecimientos y no la realidad concreta con su tiempo histórico también concreto.

Qué podrían significar en el cuadro de semejante existencia el “padecimiento” y el “dolor”? En ningún caso, dice Marcia Eliade, una experiencia desprovista de sentido que el ser humano no puede soportar en la medida que es inevitable, como lo son, por ejemplo, las inclemencias del clima.

Cualesquiera fuesen la naturaleza y la causa aparente, el padecimiento del pueblo tiene sentido porque responde a un orden cuyo valor no es mayoritariamente discutido y que instala el dolor y el sufrimiento como una experiencia de contenido espiritual positivo dotándolos incluso de características salvadoras. Así las sequías, las inundaciones, las tempestades, las invasiones, la esclavitud, la humillación o las injusticias sociales como los sueldos bajos o la falta de una adecuada educación, o la inexistencia de un derecho igualitario a la salud y a la vivienda, son soportados precisamente porque no parecen gratuitos ni arbitrarios, son una precondición para la salvación de las almas después de muerta la carne.

Por lo mismo, las nuevas generaciones educadas en el postmodernismo y en la difundida crisis de las utopías, convencidas de la normalidad y de la inevitabilidad del sufrimiento y con el ejemplo vivo de sus padres y de sus familias, no tienen la vista puesta en ningún horizonte. Han perdido la esperanza en un futuro mejor sobre todo ahora que las utopías permanecen en estado latente desde que fuera determinada la muerte de la modernidad. No poseen sueños y su existencia carece de sentido y significado y ante eso nada mejor que vivir el momento con un sentido profundamente hedonista, con todo lo que ello tiene de desechable y de adictivo. Nada mejor que profundizar la celebración y protagonizar todos los excesos posibles, no solo en año nuevo sino que en cada nuevo día que se pueda, porque la celebración y el carrete es el único satisfactor y el único espacio de contención para sus desdichas todopoderosas y eternas, que no encuentran respuestas en una sociedad cada vez más carente de normas y de espacios de contención colectivos y sociales que permitan a los individuos resolver sus problemas cotidianos, sometiéndolos al estrés y la angustia de la incertidumbre y de no comprender. Luego, esos mismos jóvenes son criticados por su liviandad, por su no estar ni ahí como si ellos fueran producto de ellos mismos y no de la sociedad que los educa con todos sus traumas, sus tabúes y sus creencias arcaicas.

En este contexto, resulta normal y patético a la vez que quizá muchos piensen que en este nuevo año si encontrarán trabajo quienes llevan 15 nuevos años viviendo en cesantía o en trabajos precarios y mal remunerados. Que este año si haremos la reforma a la educación que la mayoría de la población quería y que no salió el año anterior porque se impusieron los valores y dictámenes de los tecnócratas neoliberales. O que de verdad, este año … este años si que si, transformaremos al antojo de las mayorías el sistema de pensiones o el sistema electoral, única y exclusivamente porque la celebración del nuevo año trae mejores perspectivas y sueños renovados de un mundo mejor que debe ser producto de alguna fuerza sobrenatural que nos gobierna. Tambien más de alguien pensará o soñará que este año se acabarán los abusos y la corrupción. Que este año dejarán de robarse la plata algunos de los que ostentan cargos de poder social. O que este año tendremos por fin… una derecha democrática, respetuosa de los derechos humanos y de las libertades que no se pueden comprar.

En este contexto, de supremacía del pensamiento mágico como común denominador de nuestra era resulta normal que algunos otorguen a la muerte de determinados personajes como Saddam o Pinochet, sobretodo cuando suceden en las cercanías de estas fiestas de fin de año un sentido de celebración por la expulsión de los demonios y piensen que a través de estos hechos fortuitos o planificados por quienes detentan el poder, podremos…ahora si, superar nuestros padecimientos y reencontrarnos en el nuevo tiempo que está por nacer.


Claro está que ni el asesinato de Saddam traerá mayor democracia ni respeto a los Derechos Humanos en Irak, porque se ha demostrado que quienes destruyeron su dictadura implacable y feroz no son mejores ni peores que él y que tampoco la muerte de Pinochet, ni el año nuevo traerá más democracia a Chile, ni materializará las transformaciones que hace quince nuevos años esperamos los chilenos.

De hecho, no será la expulsión de estos demonios ni la llegada de un nuevo año lo que nos permitirá cumplir nuestros sueños y vencer nuestros padecimientos ya que solo el incremento de la conciencia acerca de nuestra capacidad transformadora de la realidad para la satisfacción de nuestras propias necesidades, sumado al compromiso, a la unidad de quienes soñamos ese mundo mejor y a la movilización social para cambiar el actual estado de cosas y construir una sociedad más justa y solidaria para todos y todas es finalmente nuestra única salvación.

12.22.2006

PINOCHET HA MUERTO PERO SU LEGADO ESTA CASI INTACTO.

Cuando el Domingo 10 de diciembre me enteré del fallecimiento de quien encabezara la dictadura más cruel que la historia de Chile haya conocido me inundó un sentimiento de profunda frustración porque no se había podido establecer la verdad judicial que tanto Chile necesitaba. Ahora bien, el hecho de que la muerte se lo llevara justo el día internacional de los derechos humanos me pareció como si algo sobrenatural hubiera querido dejar establecido lo que la red de protección y los cómplices de la dictadura que aun permanecen en esferas del gobierno y del poder judicial se empeñaron en negar, haciendo lo imposible por defenderlo y demorar las causas por violaciones a los derechos humanos, robos y enriquecimiento ilícito, en las que ya existían fundadas sospechas de la responsabilidad penal de Pinochet y de su círculo más íntimo.

No duró mucho mi frustración cuando me dirigí hacia la plaza Italia, al ver qué sucedía y cómo reaccionaba el pueblo de Chile. Pude percatarme de la gran fiesta popular que se había desatado por el deceso del dictador. Fui testigo de la alegría y de cómo el peso de la oscura noche se levantaba de la espalda de los miles que en pocos minutos se habían congregado en el lugar. Me di cuenta que quizá la verdad procesal, si bien era importante, no era o fundamental. Terminé por convencerme de que era irrelevante cuando vi que la gran mayoría de quienes celebraban como si se aproximara una nueva era rondaban los 20 años. No pude evitarlo. Me contagio su alegría y su sentimiento de liberación. Se acabaron los fetiches y todo aquello detrás de lo que se escondían los responsables verdaderos de las atrocidades cometidas y que son quienes mantienen “su Obra” como le llaman, hasta el día de hoy.

Las nuevas generaciones me llenaron de tranquilidad. Salvo aquellos que influidos por padres que hasta el día de hoy son capaces de defender asesinatos y robos para asegurar sus privilegios sociales, todos los jóvenes de mi país saben y sabrán que Pinochet fue un traidor a la patria; que siendo General en Jefe de las Fuerzas Armadas, se puso a disposición de una potencia extranjera para conspirar y derrocar a un gobierno democráticamente elegido. Saben ya que los demócratas de verdad saben que el único método para castigar a los gobiernos democráticamente elegidos cuando no se comparten sus políticas es el voto castigo que se ejerce en cada elección. Saben por sobretodo que nada es capaz de justificar la traición, el asesinato y el genocidio contra gente que solo es culpable de pensar distinto y de soñar un mundo mejor para todos y todas. Saben además que el éxito económico no vale de nada cuando solo beneficia a una minoría mientras arrincona a las grandes mayorías en la incertidumbre y en la incapacidad de satisfacer sus más básicas necesidades y las de sus seres queridos.

Ahora bien, pudiendo comprender la alegría que genera en muchos de aquellos que sufrimos bajo dictadura diversas situaciones que violaron nuestros derechos más elementales, no puedo dejar de recordar que la desaparición física de Pinochet no significa el final del pinochetismo o lo que algunos llaman “su obra”.

Ella se evidencia en todas las amarras constitucionales que los civiles que el 11 de septiembre del 1973 celebraron con Champagne el asesinato de la democracia, del presidente Allende y de miles de chilenos, siguen defendiendo hasta el día de hoy.

Ella se evidencia en el control directo e indirecto que sus herederos políticos ejercen sobre todas o la mayoría de las esferas del quehacer cotidiano en nuestro país, incapaces y temerosos de someterse a la voluntad popular que es lo que las democracias de verdad exigen a quienes ocupan los cargos de representación popular.

De hecho, se aseguraron hasta el día de hoy que siendo una minoría en el país, son los que determinan los cambios políticos y legales que se pueden y no se pueden hacer en Chile mediante el sistema electoral Binominal que les permite controlar la mitad del parlamento o el mínimo suficiente para impedir los cambios que la mayoría desea.

Se aseguraron el poder económico, mediante el traspaso fraudulento de las empresas estratégicas que le pertenecían a todos los chilenos a un grupo de inescrupulosos que se hicieron del patrimonio de Chile cuando no existía parlamento ni control efectivo de la sociedad civil sobre el quehacer de quienes gobernaban de facto junto al tirano, arrebatando al Estado de Chile gran parte de su capacidad de actuar en beneficio de las grandes mayorías nacionales que resultaron perdedoras en las transformaciones que convirtieron a Chile en el país modelos para aquellos que solo piensan en acumular riquezas para ellos y los suyos.

Se aseguraron, por último, el control de los medios de comunicación de masas cuando convencieron a los gobiernos de la Concertación de que la supremacía del mercado era más importante que la libertad de expresión mientras desaparecían uno tras otro, por problemas económicos, los medios de comunicación no ligados a la derecha económica y política, como el diario La Época, El Fortín Mapocho, La Revista Análisis y Rocinante por solo dar algunos ejemplos.

Es de esperar que el nuevo escenario que abre la muerte de Pinochet, le permita a esa parte de la sociedad que se siente, desde hoy, liberada del peso que la existencia física del tirano significaba, comprender que los cambios a los que aspiramos pueden y deben construirse con la participación y la unidad de todas las fuerzas y las personas que de una u otra manera sueñan y trabajan a diario por modificar el actual estado de cosas. Que ya es tiempo de que todos nos convirtamos en protagonistas de nuestra propia historia y nos subamos definitivamente al escenario de la misma, copando y tomándonos todos los espacios que el sistema hoy nos ofrece, por pequeños y acotados que ellos sean.

Es de esperar que luego de la desaparición física del tirano, los militares rompan el pacto de silencio que guardan hasta hoy y abandonen de una vez por todas, su vocación de ejército de clase y se decidan a ser defensores de la soberanía nacional y no de los privilegios de unos pocos. Que definitivamente se asuman como el ejército de todos los chilenos y no solo de los ricos a los que tanto Pinochet decía que había que cuidar y defender porque eran los que generaban la riqueza.

Es de esperar que surjan desde la derecha sectores comprometidos con la democracia y que aun manteniendo sus ideas acerca de la supremacía del mercado por sobre cualquier otro valor, estén dispuestos a someterse a los designios de la mayoría y eduquen a sus futuras generaciones, no en el odio hacia lo que algunos consideran los enemigos internos de la patria sino en la tolerancia y el respeto a la diferencia y en la subordinación respetuosa y democrática de las minorías a las mayorías.

Para ello es fundamental que los juicios de derechos humanos sigan adelante y que la justicia asuma el rol que con Pinochet en vida no supo asumir y logren establecer la verdad procesal y condenar a quienes junto a Pinochet abusaron del poder que la sociedad toda les había entregado para defender a la patria, y lo utilizaron en contra de esa misma sociedad bajo el pretexto inaceptable de la existencia del enemigo interno y el cáncer marxista del cual con todo orgullo me siento parte.

Para ello es fundamental que todos los responsables paguen sus deudas con la sociedad. Resulta indispensable que cada uno de los miembros de la familia militar sepan perfectamente a qué se atienen cuando se sientan tentados nuevamente de abandonar su rol para abanderarse por un sector político y sus mezquinos intereses.

Para ello es fundamental que generemos de conjunto con la sociedad toda, una nueva Carta Constitucional que represente el sentir de la mayoría de la nación, con una subordinación efectiva de los políticos a la sociedad civil que debiera poder dirimir las diferencias entre los poderes del Estado mediante los plebiscitos nacionales vinculantes cuando no exista acuerdo para avanzar en las materias que de verdad importan a las mayorías.

Para ello es necesario e imprescindible que se abra una discusión de carácter nacional que desplace del eje central de la discusión a la ciencia económica y sea capaz de instalar en su lugar a la felicidad humana que claramente no se logra solo mediante el consumo, como los defensores del modelo vigente insisten en plantear.

Para ello es necesario avanzar lo que se pueda en construir una historia común que sea capaz de identificar a todos o al menos a la gran mayoría de los chilenos, porque tengo claro que ninguna historia de mayorías podrá representar a personas tan inhumanas como el Padre Hazbún o Hermógenes Pérez de Arce que son capaces de mentir sin vacilar y defender las atrocidades más grandes cometidas solo por defender los privilegios de unos cuantos. Esa historia tendrá que ser radical. Tendrá que abandonar las visiones clásicas de los unos y los otros y ser capaces de mirarnos entre iguales, que es lo que le falta a esa parte de la sociedad que nos cataloga como enemigos internos y que se refiere a nosotros como el cáncer marxista. Claro está no solo será de responsabilidad de los historiadores sino que será de responsabilidad sobretodo, de la sociedad civil que espero pueda reencontrarse algún día cuando el pinochetismo como ideología comience a desaparecer también.

12.11.2006

IMPUESTO AL DESARROLLO URBANO?

La investigadora del Instituto Libertad y Desarrollo, Betina Horst, en una columna de opinión del 7 de Diciembre titulada “Impuesto Específico al Desarrollo Urbano”, arremete contra la propuesta del gobierno de exigir la cesión al Estado del 5% de la superficie de cualquier proyecto urbano o su equivalente en dinero, con el objeto de dotarlo de mayores recursos para proyectos de vivienda social que busquen revertir la segregación espacial que se viene produciendo en nuestras ciudades desde que se estableciera, bajo dictadura, la Política Nacional de Desarrollo Urbano de 1978.

Dicha política aspiraba a la conformación de barrios homogéneos sobre la base de asegurar un eficiente mercado del suelo urbano en donde el uso del mismo quedara definido por su mayor rentabilidad. Esto, junto a la liberación del mercado del suelo urbano, la casi total eliminación de los límites urbanos y la incorporación de miles de hectáreas de suelo agrícola a la especulación urbana permitió que durante décadas las inmobiliarias hicieran excelentes negocios con suculentas utilidades a costa de convertir a Santiago en una de las ciudades más caóticas, segregadas, ineficientes y contaminadas del mundo.

Todo lo anterior trajo innumerables costos a nuestra sociedad que ha tenido que invertir millonarios fondos en tratar de solucionar los problemas acarreados por la forma que los partidarios del mercado tienen de entender la ciudad, solo como un nicho de negocios y utilidades sin entender que es también el lugar privilegiado para la reproducción de la cultura y de la existencia humana.

Por eso es que llama la atención que el argumento central de la investigadora sea que esta cesión se convertiría de hecho en un impuesto específico al “desarrollo Urbano” lo que desincentivaría a los supuestos desarrolladores urbanos a seguir ejerciendo su actividad.

Ahora bien, más allá de las diferencias valóricas obvias que sustentan esta mirada de ciudad, la investigadora comete un error garrafal al catalogar a los proyectos inmobiliarios como Desarrollo Urbano pues Crecimiento y Desarrollo jamás han significado lo mismo pues mientras el crecimiento habla de una adición cuantitativa del fenómeno aludido, el desarrollo habla de un mejoramiento en la calidad del mismo, cosa que a todas luces, en el ámbito del cambio urbano acontecido en nuestras ciudades en las últimas tres décadas, no ha sucedido.

De hecho, jamás ha estado en los objetivos de la gran mayoría de las inmobiliarias que ella llama eufemísticamente Desarrolladores Urbanos el de generar una ciudad integrada y sustentable. Muy por el contrario han concentrado los objetivos de las operaciones inmobiliarias solo en el ámbito de las utilidades, siendo uno de los sectores más dinámicos de la economía nacional debido, en parte, a todos los beneficios tributarios que posee la actividad.

Por lo mismo, el hecho de querer obligar a esta cesión del 5%, lejos de convertirse en un nuevo impuesto específico, como lo plantea la investigadora, hace uso del mismo criterio que en materia ambiental se viene promoviendo con el llamado “El que contamina Paga” y con las Zonas de Desarrollo Urbano Condicionado existentes en los nuevos instrumentos de planificación territorial.

De hecho, ante la incapacidad del Estado de regular e intervenir el mercado de suelo y de vivienda, la propuesta del estado es que los empresarios inmobiliarios se conviertan efectivamente en desarrolladores urbanos internalizando y asumiendo los costos de las externalidades negativas que sus mismos proyectos han venido generando por años a nuestra ciudad. Si duda no es suficiente pero es un paso en la dirección correcta, le guste o no a los adoradores del mercado.