6.05.2007

Nueva Ley de Responsabilidad Juvenil: Síntoma de una Sociedad con el mal del Avestruz.

Cuando se aprobó la ley de responsabilidad penal juvenil me tocó asistir a un debate televisivo en donde los defensores de la misma plantearon que no era solo una rebaja en la edad para que nuestros niños y jóvenes pudieran ir a parar a la cárcel si no que la ley contemplaba todo un nuevo sistema de prevención mediante el cual se pondrían los énfasis en la rehabilitación y no en la coerción.

Ya nos encontramos a solo un par de días de la entrada en vigencia de la nueva ley y no hay ni rastros de aquel sistema completo que permitiría asumir en parte, la responsabilidad que tenemos como sociedad por la situación en la cual se crían nuestros niños en este modelo económico basado en el éxito y el consumo.


Nos encontramos en las puertas de un nuevo proyecto que se echará a andar sin tener lo básico para que pueda ser implementado respetando el “espíritu de la ley” y no solo las ansias de algunos por mostrar hechos que aunque malos o peores, como diría Parra, les permiten siempre mostrarse preocupados y haciendo lo que se pueda para justificar sus sueldos y la cuota de poder temporal con la que los hemos distinguido.

La ley partirá y las peores proyecciones se harán realidad. No existe la infraestructura necesaria para albergar de buena forma y dar paso a una efectiva rehabilitación, los sueldos de los profesionales especialistas seguirán siendo malísimos y no serán atractivos para quienes podrían de verdad emprender semejante tarea y el único resultado concreto, al abo de un par de años, será que habremos violado aun más los derechos de nuestros niños y niñas y los habremos encerrado a ellos para proteger a una sociedad que no es capaz de protegerse de si misma.

Hoy lo vuelvo a plantear como en aquella oportunidad, nada más simple y básico para abordar un tema complejo que ir a lo obvio. A los lugares comunes. A aquellas propuestas que pueden atraer votos, pero no soluciones. Claramente, lo que han hecho y siguen haciendo nuestros legisladores y el gobierno de turno, al legislar de esa forma primero y al no asumir el retraso en la implementación de las medidas mínimas necesaria después, es meter la cabeza en un hoyo, como las avestruces cuando quieren evadir la realidad que prefieren no ver.

Resulta increíble. En nuestro país nadie se siente responsable de que los padres de nuestros niños y niñas de más escasos recursos no puedan dedicar el tiempo suficiente a sus hijos porque deben salir a trabajar ambos y en jornadas que pueden llegar a las 12 hrs. diarias; nadie se siente responsable al ver en la prensa como nuestros jóvenes y niños protestan para "tener derecho" a trabajar y así poder ayudar a sus familias con el dinero necesario para subsistir; nadie se siente responsable de verlos en las calles pidiendo limosnas, estacionando autos o haciendo de malabaristas para ganar unas monedas cuando no han llegado aun a la desesperación que los lleva, de la mano de algunos inescrupulosos, a la prostitución infantil. Nadie se hace cargo de que se eduquen en la calle, porque las viviendas que entrega el gobierno son tan básicas que ni siquiera alcanzan a acoger las actividades propias de cualquier niño, que termina siendo “su lugar” en esta sociedad.

En nuestro país, este país modelo para tantos y tantas, nadie se siente responsable ni se hace cargo de la pésima educación que tienen nuestros niños y niñas y que los condena a sueldos miserables por el resto de sus vidas, mientras ven por televisión, el mundo de los ricos, con sus sueños y sus conflictos tan superficiales.

Nadie se hace cargo ni se siente responsable de que uno de sus padres haya sido asesinado mientras luchaba por un sueldo digno para poder proteger a ese niño que posiblemente hoy se encuentre a la deriva y sin protección alguna, mientras Angelinni y todos sus amigos de clase, siguen amasando sus tremendas fortunas.

Violando todos los derechos humanos de los niños y niñas, en este, mi país, hemos optado por mirar a los niños y niñas, no ya como sujetos de protección social sino como sujetos peligrosos que atentan contra el orden establecido y pretendemos encarcelarlos incluso si es que salen a protestar por mejor educación, más salud, cultura y recreación.

Ahora definitivamente tendremos que verlos en cárceles especialmente preparadas para ellos, y que como todas las cáceles, terminaran teniendo más población penal que la tolerable y se convertirán en escuelas del crimen y tierra fértil para el odio y la anomia social.

Cuales serán las propuestas de los defensores del sistema neoliberal cuando niños y niñas aun menores comiencen a delinquir. Terminaremos bajando la edad de responsabilidad penal a los 12, a los 9 o a los 5 años, para evitar que estos "criminales en potencia" pongan en peligro a una sociedad que no es capaz de darles ni la más mínima cuota de seguridad social para que se desarrollen de acuerdo a sus derechos.

Que le queda hoy a un muchacho que en los últimos 10 años ha visto a sus padres sufriendo por no poder darles lo básico, paleándose entre ellos y sin trabajo. Qué expectativas les ofrece esta maravillosa sociedad tan exitosa y desarrollada.

Yo no estoy de acuerdo y no quiero guardar un silencio cómplice en este minuto tan triste de mi patria. Los hijos ya no serán más nuestros hijos, como dijo khalil Giban, ahora si que serán hijos e hijas, solamente, de la vida.

Vaya para terminar, un desafío para nuestros brillantes legisladores con sus sueldos de reyes y sus vidas prodigiosas. Si de verdad creen que esos jóvenes son completamente imputables; si de verdad creen que son completa y exclusivamente responsables de sus actos y que ya pueden pagar cuando se equivocan, con cárcel y supuestos programas de rehabilitación que nunca rehabilitan a nadie, movidos por sus propias circunstancias, al menos démosles también el derecho de votar y reconozcámosles la posibilidad de inscribirse automáticamente en posregistros electorales, para elegir así a quienes hacen las leyes que seguramente les terminaran afectando. Démosles el derecho también a ser elegidos cuando decidan finalmente tomar su destino en sus propias manos y no nos quejemos luego frente a las cada vez más violentas demostraciones de rabia contenida y de desprecio por esta, nuestra maravillosa sociedad.

5.17.2007

EL TRABAJO, LOS TRABAJADORES, LA PROPIEDAD PRIVADA Y LOS GRANDES EMPRESARIOS.

Nunca está demás recordar el sentido que tiene el trabajo en la vida humana, para las distintas ideologías vigentes en el mundo contemporáneo y para nosotros, la gente de izquierda y los comunistas, en particular. Menos en estos días, cuando la celebración del día del trabajador se ha visto ennegrecida por el asesinato de un trabajador forestal por parte de agentes del Estado mientras se desarrollaba una negociación colectiva sin precedentes en la historia reciente de nuestra patria.

Este episodio, ha develado una vez más, el valor y el significado que para la clase empresarial chilena y para el Estado como instrumento de dominación de clase, posee la fuerza de trabajo, que en este sistema ha sido reducida sencillamente a la condición de mercancía y de una mercancía tan despreciable que mientras más riqueza produce para los dueños del capital y de los medios de producción, más pobreza genera para la existencia del trabajador y de su familia.


Como todos saben, para algunos el trabajo nace, en la historia de la humanidad, como condenación y castigo divino por el mal comportamiento de Adán y Eva en el paraíso. Es el caso de la ideología religiosa propia de la matriz cultural judeo-cristiana, que junto con afirmar aquello, pretende convencernos que bienaventurados son los pobres, los que sufren y los que tienen hambre y sed de justicia, y que después de muertos, serán recompensados.[1]

Para otros que comparten sin duda las ideas antes descritas pero que aparecen como más académicos y racionales, simplemente, es un factor productivo más de la economía de libre mercado junto a las materia primas y al capital, y como tal, en su regulación solo debe ejercer su poder la todopoderosa y eterna ley de la oferta y la demanda, para asegurar, de la mano de la cesantía, la máxima rentabilidad para los dueños del capital y de los medios de producción, dando paso a la concentración y acumulación de la riqueza, cada vez más, en cada día menos manos.

Para nosotros, en cambio, el trabajo es la forma de realización del ser humano como ser individual y como especie en general. Es todo intercambio de materia y energía que el ser humano realiza con su entorno, la naturaleza, entendida esta como su cuerpo inorgánico, del cual depende indirectamente su vida, para satisfacer sus necesidades materiales e inmateriales y reproducir así, su existencia, la de sus seres queridos y la de la sociedad en su conjunto. A través del trabajo, el ser humano produce todo aquello que le permite alimentarse, vestirse, protegerse de las inclemencias del clima, transportarse, educarse, recrearse y buscar la felicidad.

De esta diferencia conceptual nace, por supuesto, la forma de abordar la cesantía que cada actor social y político tiene, ya que mientras para algunos es simplemente una de las variables del sistema de libre mercado, que no debe ser alterado ni intervenido por fuerzas ajenas al mismo para asegurar que no hayan distorsiones en los precios del valor de los distintos factores productivos, incluido el la fuerza de trabajo; y para otros es simplemente un flagelo lamentable que debe ser combatido con la caridad cristiana y la solidaridad eventual en tiempos de catástrofes, para nosotros, los comunistas, representa desde siempre uno de los principales, sino el principal problema de la sociedad actual que debe ser abordado por la misma, en su conjunto y por el Estado en primer término.

Esto porque quien no tiene trabajo, en definitiva, lo que no tiene es la posibilidad de satisfacer sus necesidades y reproducir su existencia y la de sus seres queridos y por lo mismo, no tiene la posibilidad de desarrollarse como ser humano. De ahí que desde el origen de nuestra concepción de mundo, el trabajo ha ocupado un espacio central en nuestras demandas y luchamos porque sea considerado como un derecho fundamental que debe ser asegurado por el Estado cuando la empresa privada, que según muchos es el motor de la economía, no sea capaz de generar trabajo para todos y todas, como lo viene demostrando ya hace décadas.

Junto con esto, creemos firmemente en la necesidad de resguardar el valor del mismo, que debe estar socialmente definido para evitar los abusos de los propietarios de los medios de producción que amparados en la libre competencia buscan siempre disminuir el valor del trabajo para aumentar sus utilidades a costa de la calidad de vida de las y los trabajadores junto a sus familias. Por supuesto en esta cruzada tienen el apoyo incondicional de la sensación de temor e inseguridad que provoca el desempleo y la amenaza permanente sobre los que tienen trabajo, de quienes necesitan trabajar y están dispuestos, por lo mismo, a reemplazar a quien es despedido por reclamar mayor justicia social o mejoras salariales. Esto permite a los empresarios, bajar los salarios constantemente mientras el costo de la vida y las utilidades de las empresas suben sin parar.

Por eso es que trabajamos y luchamos permanentemente por incrementar el sueldo mínimo ya que este debe necesariamente permitir a los seres humanos, el satisfacer todas las necesidades básicas que guardan relación con la reproducción de la existencia misma y además, la satisfacción de aquellas necesidades que no estando en directa relación con la reproducción misma de la existencia física le permiten buscar la felicidad y realizarse como personas.

Todo esto nos lleva sistemáticamente a debatir con los defensores del modelo, tanto de la “Concertación de Partidos Por la Democracia” como con los de la “Alianza por Chile”, acerca de la necesidad, no solo de asegurar el trabajo para todos y todas y de aumentar significativamente el salario mínimo, sino de combatir hasta eliminar el trabajo precario, el trabajo mal remunerado y la superexplotación, fortaleciendo la organización de los trabajadores y su derecho real a organizarse y a negociar colectivamente y por ramas de producción, para asegurar una mejor y más justa distribución de los beneficios que produce el modo de producción mediante el cambio en la correlación de fuerzas existentes hoy en día entre los propietarios de los medios de producción y quienes producen directamente los bienes y servicios que permiten la reproducción de la vida misma de la sociedad toda.

La derecha por su parte, defiende y promueve una mayor flexibilización laboral, la eliminación del sueldo mínimo y el derecho de los trabajadores a pactar individualmente con los dueños de los medios de producción sus condiciones laborales, para poder obligarlos a aceptar las condiciones que ellos deseen imponer, siempre amparados en los muchos trabajadores que permanecen sin trabajo esperando el puesto de quienes no acepten, finalmente, las condiciones de los patrones.

Esto se ha visto agravado, sin duda, por la falta de representación que el mundo de los trabajadores y, en especial, los partidos de izquierda poseen en el parlamento, lo que ha permitido que a 16 años del supuesto restablecimiento de la democracia, el modelo de la dictadura en cuanto a la legislación laboral y derechos de los trabajadores se refiere, solo muestre tímidos avances y siga casi intacto.[2]

Resulta claro que el interés de quienes sostienen estas posiciones está puesto en la rentabilidad del negocio y no en la felicidad humana y que todos sus argumentos acerca de las bondades del modelo y la defensa de las libertades representan solo un discurso ideológico que pretende tender sobre la realidad un velo que les permita seguir acumulando riquezas a costa de la superexplotación de las y los trabajadores de nuestra patria.

De hecho el discurso más hipócrita es el que pretende instalar a los defensores del modelo como los adalides en la defensa de la propiedad privada cuando en la realidad, y si tomamos en cuenta el consenso generalizado que existe en definir la propiedad privada como fruto del trabajo, los únicos que destruyen permanentemente la propiedad privada son los empresarios que pagan a sus trabajadores menos de lo que efectivamente vale su trabajo arrebatándoles una parte de su propiedad privada para conformar la gran propiedad privada de la clase dominante, que solo puede existir mediante la expropiación permanente y sistemática de la propiedad privada de los trabajadores, representada en los sueldos miserables que pagan.

Que otro conjunto de razones puede explicar el hecho de que una parte minoritaria pero poderosa de la sociedad, incluida la presidenta Bachelet, hayan salido con declaraciones de buena crianza pero, en definitiva, aceptando y hasta defendiendo el asesinato del trabajador que luchaba por incrementar su sueldo que bordeaba los $ 180.000 líquidos, hasta unos $ 240.000, sobretodo, si consideramos que los dueños de dichas empresas, quienes se rehusaban al incremento, aparecen entre las mayores fortunas del mundo y sus empresas declaran utilidades millonarias año a año, con sueldos que deben ser varios cientos de veces el sueldo del trabajador asesinado, o más.

Este es el modelo de desarrollo que las otras visiones de mundo, aliadas estratégicas a la hora de enfrentar los temas del trabajo, la cesantía y la propiedad privada, han consolidado y ese es el modelo que la gente de izquierda y particularmente los comunistas, nos empeñamos en transformar y superar y no importa cuantos asesinatos, masacres y dictaduras tengamos que soportar, sufrir y vencer, más temprano que tarde, con la conciencia creciente de las y los trabajadores de Chile y con el sacrificio de todos los que han caído y de los que seguramente caerán, desde Santa María de Iquique lo lograremos.

[1] Debe ser tanto el apego a estas ideas el que tienen nuestros nobles grandes empresarios que han optado por condenarse, enriqueciéndose de tal manera de vivir en la opulencia y en el derroche para que cada día hayan más pobres con hambre y sed de justicia que puedan salvarse y ser recompensados después de muertos.

[2] Es importante recordar que los dirigentes sindicales tienen prohibido por ley ser candidatos al parlamento y que el sistema binominal solo reparte los cupos parlamentarios entre los defensores del modelo de la derecha y de la concertación.

4.22.2007

ELECCIONES EN FRANCIA. ¿EL FIN DEL PARADIGMA DE LA ILUSTRACIÓN?

Atrás parecen estar quedando los tiempos en que Francia se jactaba, y con toda razón, de haber entregado al mundo el consenso universal más importante de los últimos milenios y, sin duda, el más representativo de la modernidad como estadio de desarrollo de la humanidad toda: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hoy la tolerancia da paso a la prohibición de lo distinto, de lo propio y el refugio de los ciudadanos universales se convierte en tierra de nadie para muchos franceses.

Hoy parece que en el centro de gravedad del pensamiento ilustrado, ya no todos los seres humanos nacen iguales y con los mismos derechos, hoy los franceses sin casa, los nuevos inmigrantes y los indocumentados parecen estar volviendo a ser seres humanos de segunda categoría, como los pobres de cualquier lugar del mundo, sin protección y sin un estado con el cual identificarse. Algo hace pensar que los franceses se han cansado de llevar, casi solos, las banderas de la igualdad, la libertad y la fraternidad en un mundo desarrollado en el que, salvo contadas excepciones, todos parecieran caminar a pasos agigantados hacia el lado opuesto.


Este agotamiento los ha llevado a rescatar a la otra supuesta identidad francesa, aquella anterior a la ilustración, de profundas raíces religiosas y anclada en el nacionalismo galo, que pareciera buscar reponer las figuras de Asterix y Obelix por sobre los dibujos animados de carácter étnico que hoy presentan las pantallas francesas, más que en el concepto de nación entendido como historia común y como un conjunto de valores que trascienden a cualquier definición étnica, religiosa o de color de piel y que representa más que el refugio en el pasado una intención viva de construir una humanidad del futuro que nunca fue. Sin duda que la incertidumbre y la precariedad propia de la globalización neoliberal ha hecho su parte del trabajo.

Por primera vez en décadas la derecha parece consolidarse como la fuerza principal de la política francesa, sin necesidad de coexistencias desagradables ni inmovilizadotas, pese a estar dividida entre una derecha liberal en lo económico, y conservadora en lo cultural, representada por Sarkozy y otra francamente nacionalista y reaccionaria, representada por Le Pen que piensa a Francia y a los franceses como una raza superior, casi comparable a los alemanes de la segunda guerra.

Estos nuevos iluminados que se sienten representados por Le Pen, quien ha atacado con una fuerza inusitada a sus aliados de clase durante la campaña electoral, no dudarán en votar por Sarkozy en la segunda vuelta, ya que hoy solo aspiran a fortalecer su posición negociadora para cobrar caro su apoyo en la que será definitivamente la elección del nuevo gobierno francés.

En el otro polo tradicional del Bipartidismo característico de la V República fundada por De Gaulle se encuentra una centro derecha emergente, menos honesta y más centrada en la discusión del poder que en la de la sociedad que desea formar, al estilo de la concertación chilena, con dos almas que no logran congeniar pero que en la fase definitiva se aliarán, para salvar a Francia del retroceso que según ellos, representa la derecha más tradicional.

Una de éstas almas que al igual que en Chile se hace llamar socialista, representada coincidentemente por una mujer, Sègolène Royal, se piensa a si misma como una izquierda renovada, que ha renegado del proyecto socialista y que mucho menos piensa en la necesidad de superar el capitalismo como forma de organización social. Por lo mismo, solo se contenta con tratar de humanizar el capitalismo aceptando como realidad incuestionable, la necesidad de avanzar, más lentamente quizá que sus oponentes, en destruir el estado de bienestar social, dejando algunos de los pilares fundamentales en pie pero cediendo espacio a la siempre bien conceptuada iniciativa privada para que amplíe sus negocios y multiplique sus utilidades. Por lo mismo, cada día que pasa parece perder algo de apoyo debido a la crisis de identidad que no le permite entusiasmar a sus votantes tradicionales porque no tienen nada significativamente distinto que ofrecer al gobierno de la derecha, que no sea más de lo mismo pero con algo más de protección social y un renovado impulso a la educación que permita ralentizar la caída del Estado de Bienestar.

La otra mitad de esta centro derecha blanda y emergente se piensa como un centro moderado que intenta escapar de la crisis de identidad que aqueja a los socialistas sin lograr cuajar en un proyecto significativamente distinto al de la derecha. Comparte, por lo mismo, cosas de ambos “polos” y pretende destacarse por ser la novedad en opocisión a la política tradicional.

Todo esto ha convertido el debate electoral en una lucha que, al final, solo se presenta como una batalla por la ocupación de los cargos y de la influencia que ellos generan dentro de una sociedad que esta cansada de quienes se reparten el poder hace años sin lograr que Francia avance dentro de su proyecto histórico de sociedad ideal.

De hecho, si uno mira el desarrollo legislativo de los últimos años, se encontrará con no pocas oportunidades en que este “nuevo centro” representado por Beyrou, voto favorablemente las leyes propuestas por el gobierno del candidato principal de la derecha, Sarkozy, a pesar de renegar de la derecha sin identificarse con la tradicional alternativa a la misma representada por los socialistas que ya no son socialistas.

Todos prometen un cambio, pero los discursos no revelan más que una profundización más o menos marcada o más o menos lenta, según sea el candidato, del modelo que se viene instalando a nivel mundial desde el centro del pensamiento único, poniendo al centro de la discusión la economía y la rentabilidad de las transnacionales en desmedro de la búsqueda de la felicidad humana que había caracterizado a Francia durante los últimos siglos.

La expresión de este no-debate la representa la batalla por la construcción o la reconstrucción de una nueva identidad que recupere aquella que dio paso a la identidad ilustrada y universal, que sea capaz de mantener en algo los ideales de la V República y que, al mismo tiempo, encare el difícil reto que plantean los nuevos inmigrantes en un mundo cada vez mas incierto, con menos empleo y menos seguro.

No por nada Le Pen ha ingresado a las ligas mayores de la política Francesa debido a la centralidad que en su discurso histórico ha tenido el tema que hoy conoca a la mayoría de los candidatos. Algo que hace un par de décadas nadie se hubiera imaginado.

Todo esto es posible por varios factores entre los cuales destaca la debilidad de las fronteras culturales que antiguamente definían a Francia como una nación fuerte, con un cristianismo secular, que permitía a La República presentarse como una nación progresista y laica, en donde la derecha era incluso más progresista que la izquierda de varios países del mundo, pero que hoy se encuentra fuertemente permeada por la cultura dominante del discurso único, consumista, competitivo, egoísta y centrada en la rentabilidad empresarial y personal de corto plazo.

Otro factor que actúa como complemento perfecto para este triste espectáculo, lo representa la izquierda francesa que cumple con todas las características clásicas propias de los momentos de derrota política y bancarrota ideológica.

De hecho, incapaces de hacer gala de la necesaria e ineludible completa libertad en la discusión que siempre da paso a una fructífera y potente unidad en la acción, se presentan completamente divididos y fragmentados, con 5 candidatos, como gritándole al mundo con todas sus fuerzas y en especial a los franceses decepcionados, que no voten por ellos, porque ni siquiera son capaces de unirse en un programa común que sea representativo de la crisis que vive hoy la sociedad francesa y en esa situación nadie es capaz de gobernar ni de ofrecer a los decepcionados de la política tradicional una alternativa de cambio real y sólida. No podemos olvidar, que en los últimos años, la única vez que la izquierda francesa se unión le propinó a los representantes de la política tradicional francesa y a todos los representantes de la globalización neoliberal en Europa, un tremendo golpe a convencer a la mayoría de los franceses de rechazar la propuesta de constitución europea, precisamente por que ella consolidaba el alineamiento de Europa con el discurso único de la globalización neoliberal, con todo lo que ello representaba.

Todo esto, sin duda, explica porque todas las encuestas previas a las elecciones que se desarrollan hoy domingo, hablan de una mayoría silenciosa, cercana al 35%, que prefiere no responder por su intención de voto o que simplemente no encuentra en donde refugiarse del descontento generado por los Sarkosys, los Royal, los Beyrou y los Le Pen que con algunas diferencias, solo se plantean el cambio dentro de la continuidad, mientras la izquierda aun no se recupera de la debacle que para muchos significó el fracaso de la experiencia soviética, y que nada tiene que ver con el fracaso del sueño socialista que en virtud de las actuales circunstancias, se encuentra más vigente y es más necesario que nunca antes en la historia de la humanidad.